Ponga una cochera de jardín en su vida

A comienzos del verano 2012, un fuerte pedrisco me dejó el coche con más cráteres que la Luna. Dos años después, y dándose unas circunstancias atmosféricas iguales a las que provocaron el pedrisco, decidí cubrir el coche con mantas para amortiguar, en la medida de lo posible, su efecto sobre él; finalmente, no se produjo el temible pedrisco, pero sí una fenomenal descarga de agua que, obviamente, empapó las mantas. Pasaron algunos días hasta que le retiré las mantas al coche y, durante este periodo de tiempo, se produjeron las típicas temperaturas estivales que, combinadas con el agua de las mantas, provocaron amplias áreas de desprendimiento del barniz de la pintura del coche; no es difícil imaginar el resultado de la combinación de los cráteres y el barniz desprendido de la pintura. El coche se encontraba en perfectas condiciones de operatividad, pero ya frisaba los dieciséis años y la opción de substituirlo por otro se impuso a la de reparar.
De modo que, para evitar otro desaguisado, decidí poner al nuevo coche bajo una cochera de jardín durante el anual periodo de tiempo bonancible que paso fuera de mi residencia habitual. Así pues, lo que sigue, es la descripción de la construcción de la cochera de jardín que adquirí para proteger el coche.
Adquirí la cochera en un comercio del ramo y, básicamente, consiste en una estructura atornillada de madera de pino tratada contra la intemperie y, formada por seis apoyos al suelo que soportan la techumbre y el tejado hecho en policarbonato de color verde (ver Fig. 1). Para una mejor comprensión del dibujo, no he dibujado las seis placas de policarbonato que cubren toda la techumbre.

fig 1

Fig. 1

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El perro abandonado

El día 10-5-2015, Domingo, sobre las once de la mañana, y estando de charla con un vecino en el porche de su casa, vimos un coche circulando – un monovolumen o cuatro por cuatro de color negro, del que no me preocupé ni de su marca, ni de su modelo, y mucho menos de su matrícula – en dirección al parque contiguo a la casa en la que paso la temporada estival. Unos cinco minutos después, tal coche circulaba por el mismo sitio en dirección contraria, pero, esta vez, corría tras él un perro que trataba de alcanzarlo, sin conseguirlo. Aquella imagen no me dejó ninguna duda de que el animal había sido abandonado, pues, a éste hecho se unieron las innumerables vueltas que dio tratando de localizar a su desalmado dueño. El perro permaneció aquel día y toda la noche errando por el mismo sitio donde el gentuza de su amo lo abandonó; aquel día, para ser de Mayo, era demasiado caluroso, por lo que decidí llevarle agua y parte de la comida de mi gato, pues lo creí imprescindible tras tantas horas en aquel estado de abandono.
El mismo día por la tarde, y tras explicarle lo sucedido al perro, pregunté a otro de mis vecinos si conocía la manera de socorrer al animal, y me comentó que al día siguiente, Lunes, hablara con su mujer quien, a su vez, me pondría en contacto con una señora dedicada, entre otras cosas, a hacerse cargo de animales en situación igual o parecida a la de este. Así pues, seguí sus instrucciones, pero para mí sorpresa, su mujer únicamente me recomendó llamar al 112 – algo que yo ya había considerado – pues, afirmó, que ciertos conocidos de ella ya lo habían hecho así, con éxito.

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El perro abandonado

El día 10-5-2015, Domingo, sobre las once de la mañana, y estando de charla con un vecino en el porche de su casa, vimos un coche circulando – un monovolumen o cuatro por cuatro de color negro, del que no me preocupé ni de su marca, ni de su modelo, y mucho menos de su matrícula – en dirección al parque contiguo a la casa en la que paso la temporada estival. Unos cinco minutos después, tal coche circulaba por el mismo sitio en dirección contraria, pero, esta vez, corría tras él un perro que trataba de alcanzarlo, sin conseguirlo. Aquella imagen no me dejó ninguna duda de que el animal había sido abandonado, pues, a éste hecho se unieron las innumerables vueltas que dio tratando de localizar a su desalmado dueño. El perro permaneció aquel día y toda la noche errando por el mismo sitio donde el gentuza de su amo lo abandonó; aquel día, para ser de Mayo, era demasiado caluroso, por lo que decidí llevarle agua y parte de la comida de mi gato, pues lo creí imprescindible tras tantas horas en aquel estado de abandono.
El mismo día por la tarde, y tras explicarle lo sucedido al perro, pregunté a otro de mis vecinos si conocía la manera de socorrer al animal, y me comentó que al día siguiente, Lunes, hablara con su mujer quien, a su vez, me pondría en contacto con una señora dedicada, entre otras cosas, a hacerse cargo de animales en situación igual o parecida a la de este. Así pues, seguí sus instrucciones, pero para mí sorpresa, su mujer únicamente me recomendó llamar al 112 – algo que yo ya había considerado – pues, afirmó, que ciertos conocidos de ella ya lo habían hecho así, con éxito. Continúa leyendo El perro abandonado