El sátrapa de “la” Nohtlaw

Por aquel entonces, la empresa tenía un tamaño equiparable a sus modestos medios técnicos, a su escaso nivel tecnológico y a una deficiente formación de personal, aunque su voluntarista dueño y, por entonces, director creía que era el «no va más». Por razones que solo él conocía, y para alimento de su soberbia, la empresa se vio agraciada con un jugoso contrato para el que no estaba mínimamente preparada, por lo que se vio obligado a contratar profesionales capaces de sacar adelante aquel contrato-atolladero en el que él la había metido.
Sin contar con los recursos técnicos, materiales y humanos suficientes, pero realizando un enorme esfuerzo personal y profesional, algunos de aquellos contratados lograron culminar aquél espléndido pedido, catapultando a la empresa hasta un ranking jamás imaginado por su voluntarista dueño, que lo convirtió, a su vez, en una verdadera institución en su sector industrial y estrella del empresariado (patronal, en el argot actual). Tan inesperado y súbito éxito, lo fue poco a poco desconectando de la realidad de “la” Nohtlaw, y a conceder crédito a los cantos de sirena de un maligno chiquito que, sorprendentemente, lo llevaron a prescindir de los artífices de aquel éxito y a colocar al maligno al frente de su empresa. Semejante decisión le iba a costar, pasado el tiempo, la pérdida de “la” Nohtlaw y probablemente el prematuro final de su propia vida.
La modulación de aquellos cantos de sirena fueron cambiando a medida que el maligno chiquito incrementaba su poder y escalaba puestos en “la” Nohtlaw, a base de “cortar la cabeza” – siempre con la ayuda de su dueño y director – a quienes se interponían en su camino, procedimiento éste para el que contó siempre con la ayuda de su camarilla y que practicó, con endiablada habilidad, en bastantes ocasiones; cierto es que en esta actividad nunca demostró ser un innovador, pues su método era tan viejo como todo lo humano.
Como queda dicho, el endiablado chiquito se rodeó de una camarilla elegida entre «lo más granado» de “la” Nohtlaw, a la que, como era de esperar, trataba con cierta deferencia – incluyendo sueldos que, en algunos casos, llegaron a superar al de empleados de responsabilidad mucho mayor -, a cambio de que le contaran todo lo divino y lo humano ocurrido en la empresa, pero especialmente de cuanto tuviera que ver con la vida de trabajo y privada de las personas que trabajaban en ella, especialmente de aquellas que él había situado en su punto de mira y que, “casualmente”, siempre eran quienes no le hacían la pelota, pero trabajaban de forma excelente, cualidad ésta, que nunca fue capaz de valorar en su justa medida.

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Perversos

Paseaba – aún conmocionado por la lectura de una noticia según la cual un juez condenó a realizar durante ¡¡solo cuatro meses!! tareas socioeducativas a dos menores que han reconocido insultos y vejaciones una joven de 14 años que se quitó la vida, a consecuencia del acoso escolar a la que ambas menores la habían sometido -, cuando encontré de nuevo a mi entrañable amigo, aquel con el que había compartido muchos, no tan lejanos, cafés-inicio de mis jornadas laborales. Tras las mutuas e inevitables preguntas relacionadas con salud y familia, iniciamos rápidamente una charla que giró en torno a cuanto tiene relación con aquellos temas que, desde hace bastante tiempo, tienen uncida al yugo del descontento a una gran parte de la ciudadanía española; excuso decir que la mayor parte de ella se centró en la cuestión con la que inicié este texto, pues, en un momento de la conversación, mi interlocutor afirmó que él, durante largo tiempo, también había sido víctima de acoso en su empresa, aclarándome también que esta práctica era conocida con el nombre de acoso laboral o «mobbing», uno de los más execrables aspectos de las relaciones humanas. De nuevo, aquella afirmación me animó a preguntarle sobre esta peripecia suya, a la que él me respondió: Continúa leyendo Perversos

Raritas

Un tendido eléctrico y telefónico anticuado, viejo e insuficientemente cuidado; unas aceras levantadas, inexistentes o deterioradas; reparaciones en viviendas y muros limítrofes, realizadas con escasa homogeneidad, poco gusto y, a veces, inadecuado criterio; calles con firme deteriorado a causa de su mala calidad y escaso mantenimiento; arbolado entre heterogéneo e inapropiado, producto de decisiones tomadas sobre conocimientos más que dudosos. Todo ello configuraba aquella urbanización, dándole un aspecto de destartalo similar a la de los pueblos de la zona, bien es cierto que su estructura urbanística los superaba con mucho.

Las injustificables lagunas jurídicas en que unos promotores urbanísticos dejaron a aquella urbanización, pronto denotaron que su creación había sido obra de un ignorante ambicioso, auxiliado por unos profesionales que no supieron, no pudieron, o no quisieron hacer el trabajo que tenían encomendado con las mínimas garantías exigibles; cierto es que, quienes gestionaron su marcha durante casi cuarenta años, tampoco hicieron absolutamente nada para subsanar los errores de sus antecesores, imposibilitando, eso sí, que un año sí y otro también, su comunidad pudiera emprender acciones que la liberase de ciertos abusos perpetrados en sus lindes, amén de de otros problemas, tanto o más rancios que éste.

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Felonías

Antes de acudir a su trabajo, aquel hombre desayunaba en el mismo local en que lo hacía yo. Nuestros fortuitos encuentros allí, fueron configurando una relación que nunca fue más allá de las charlas intrascendentes que manteníamos mientras disfrutábamos de un buen café. Sorprendentemente, las últimas veces que le vi, noté en él un estado anímico distinto al habitual, una extraña mezcla de preocupación y relax, aunque más lo primero que lo segundo, contrapuestas condiciones que estimularon mi deseo de preguntarle si atravesaba un mal momento. Fuera por hacer la pregunta en un momento oportuno, fuera porque necesitaba desahogarse, o por ambas cosas, el caso fue que mi interlocutor me contó algo parecido a lo siguiente:

Siempre he sido reacio a contar cosas de mi trabajo, especialmente a las personas ajenas a él, pero en la encrucijada en la que me encuentro me resulta imposible responder a tu pregunta sin describir antes mi peripecia laboral.
Hace casi treinta años que trabajo al frente de un departamento de una empresa cuyo cometido es velar para que sus productos se ajusten a las normativas que les son aplicables. Mis comienzos fueron bastante desalentadores, pues por aquel entonces, solo una o dos personas de la empresa – entre las que no se encontraba su dueño – estaban mentalizadas para que un departamento así se implantara en ella, provocando, cuando mejor, la incomprensión de la mayoría de su escasamente instruida plantilla, y cuando peor, una frontal oposición a su labor, especialmente de quienes deberían haber sido ejemplo de lo contrario.
No sin esfuerzo aprendí ciertas técnicas y métodos de trabajo – por aquella época no existían cursos de formación para adquirir conocimientos sobre ellos – que trasladé a parte de aquel escasa y deficientemente formado personal de la empresa, que los asimiló tras un largo y laborioso proceso.
Durante bastante tiempo y con la inestimable pero limitada ayuda que mi, por entonces, foráneo y bien formado jefe pudo prestarme, pusimos a la empresa – mucho más él que yo – en condiciones de desarrollar un complicado proyecto que llevaba aparejado un gran pedido. Los críticos e incrédulos enmudecieron cuando comprobaron cómo la exitosa finalización de aquel proyecto catapultó a la empresa hasta unas cotas de prestigio inimaginables, incluso para su dueño. Continúa leyendo Felonías

El felón Sr. Dos

Aquella era una empresa industrial que, por su plantilla, podía considerarse de tamaño medio. Por aquel entonces, sus productos distaban mucho de tener una sofisticación tecnológica digna de consideración, aunque D. Uno – su dueño -, tan atrevido como ignorante técnico, estaba convencido de lo contrario; tanto era así que, con cierta frecuencia, embarcaba a su personal en proyectos para los que la empresa carecía de medios – mal endémico que duró toda la vida de la empresa – y conocimientos, que algunos de sus empleados soslayaban a base de gran esfuerzo personal, de una absorbente dedicación y, no pocas veces, con ayuda de amigos ajenos a la empresa. Salvo raras excepciones, el nivel de formación de su personal era muy bajo que, frecuentemente, le hacía llegar a conclusiones falsas a partir de hechos ciertos y que, invariablemente, lo instalaba en un peligroso error de concepto que obligaba a algunos de sus dirigentes a dedicar gran parte de su tiempo a corregir tan negativo bagaje. Continúa leyendo El felón Sr. Dos