Una rutinaria limpieza de estanque

El estanque que, entre mi mujer y yo, construimos hace diez años, requiere, normalmente, tres operaciones de mantenimiento al año, una al inicio, otra a mediados y la última a final de temporada, la cual comienza en el mes de abril y finaliza en el de noviembre. Tal mantenimiento consiste en la limpieza de sus tres filtros, la bomba, su soporte y los tubos de plástico flexible, además del cambio, casi por completo, del agua.
La operación (ver Fig. 1) comienza colocando un tablón para facilitar la extracción y reposición de la bomba del estanque y la bomba de achique, también se destapa el filtro biológico, se desmonta el filtro ultravioleta y el de aspiración de la bomba del estanque (estos dos últimos, no visibles en la Fig. 1)

Fig. 1

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Reparación de un motor de cortacésped Briggs & Stratton Quantum XTS 60

Hace unos cuantos años adquirí un cortacésped, marca Garland, equipado con un motor Briggs & Stratton Quantum XTS 60, modelo 12H802, cuyo resultado considero satisfactorio; naturalmente, paso por alto un problema de deformación por calor de su placa soporte del filtro del aire, que me obligó a substituirla por otra nueva y a poner en su parte interior una pieza, tipo brida, para impedir tal deformación, y que, tras varios años de funcionamiento, ha demostrado ser una buena solución.
Inesperadamente, el motor del cortacésped se paró sin mediar causa aparente alguna, pues la gasolina llegaba perfectamente al carburador, la bujía estaba en buen estado y correctamente alimentada de corriente, por lo que decidí desmontar el carburador por si había en él alguna obstrucción de gasolina; para ello, desmonté la tapa que lo cubre tras desenroscar el tornillo señalado con la flecha, en la Fig. 1

 Fig. 1

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Esas tecnologías, tan potentes como desaprovechadas

Con un simple clic, las tecnologías actuales nos permiten acceder a conocimientos – basta con saber leer – otrora reservados casi exclusivamente a profesionales y a especialistas; sin embargo y pese a ello, poco o nada he notado que el personal se sirva de este magnífico potencial cuando necesita adquirir conocimientos que le permitiría argumentar exitosamente contra soluciones de dudosa eficacia propuestas por quienes, aprovechándose de tal desconocimiento, tratan de obtener beneficios que, desgraciadamente logran con indeseada frecuencia.
Por mi edad, he asistido a muchas reuniones de comunidad de propietarios y, puedo decir que, rara vez se plantean en ellas asuntos con el mínimo rigor exigible – casi siempre la información se ciñe, únicamente, a su aspecto publicitario-comercial – y, tampoco recuerdo a nadie haciendo preguntas que denoten que, quien las hace, se ha esforzado en adquirir esos conocimientos básicos del tema en cuestión; sin embargo, y en no pocas ocasiones, si he oído críticas sobre las soluciones a los problemas planteados y aprobados en asamblea, algo que me resulta, cuando menos, paradójico; es como esperar que los problemas se resuelvan bien por sí solos.

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Lo que pudo ser… pero no fue

A los de mí generación, militares – los mandamases de entonces –, religiosos, políticos, y enseñantes, nos “machacaron” durante algo más de treinta años, con las bondades, logros y dogmas de aquella democracia orgánica que tanto se “preocupó” de la «fiel infantería», a la que le negó, entre otras muchas cosas, lecturas inconvenientes (para ellos, claro), vida sexual no regida por irracionales doctrinas, y la crítica a los comportamientos y la gestión de los mandones de la época. Treinta y pico años así, permitieron a aquellos pastores de la manada, enfajarnos la mente que nos impidió establecer comparaciones con otras sociedades que, por entonces, ya hacía mucho que vivían bajo leyes más justas y democráticas que las imperantes por entonces aquí.
Un buen día, pudimos comprobar lo fantástico de leer lo que uno quería, la maravilla del sexo practicado sin la hipócrita influencia de inhumanos dogmatismos, los beneficios que para la sociedad supone la crítica constructiva a los mandones de toda laya y, ¡oh sorpresa!, que las personas afiliadas a ciertos partidos políticos – ilegales en aquella época – eran como tú y como yo, y no la reencarnación del mismísimo demonio como, machaconamente, nos habían dicho. Con tan buenas sensaciones, y otras mejores que, a los cuatro vientos, profetizaban los políticos del momento, emprendimos el apasionante recorrido – doloroso en algunas ocasiones – que nos ha traído hasta el presente.
Es bien sabido que ninguna actividad humana es perfecta y, obviamente, nuestra última época tampoco lo ha sido y, me temo, que tampoco lo será. Terrorismo, corrupción y paro, ¿han? sido tres repugnantes protagonistas – de consecuencias irreparables, en el primer caso – cuya presencia, ha impedido lo que pudo ser, pero no fue.

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Reparación de un interruptor de luz de frigorífico, o como matar pulgas a cañonazos

Soy plenamente consciente de que ciertos productos no merece la pena repararlos cuando se averían, pues, debido a su bajo coste, es preferible substituirlos por otros nuevos; no obstante, pueden existir circunstancias – generalmente relacionadas con la antigüedad de los productos, o imposibilidad de adquirirlos con las mismas dimensiones para que quepan en su alojamiento, etc. – en que la reparación, puede imponerse a la substitución; este es, precisamente, el caso de la reparación que seguidamente describiré, la cual no sería exagerado calificarla de «matar pulgas a cañonazos», pero, como queda dicho, las circunstancias obligan.
Una tarde, al abrir el frigorífico, observé que no lucía su iluminación interior y, pese a actuar manualmente el interruptor de su puerta, no obtuve ninguna respuesta, aunque el frigorífico funcionaba con normalidad. Así pues, todo parecía indicar que el interruptor era el culpable del fallo, pues, la bombilla de 15 W no estaba fundida. No sin cierta dificultad, extraje el interruptor de su alojamiento, tras lo cual, lo desconecté de sus cables. El interruptor era del tipo desmontable, de modo que, al pinzar sus laterales, se destrinca la tapa por la que asoman sus terminales de conexión, dejando así al descubierto su interior (ver Fig. 1).

Fig. 1

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