Perversos

Paseaba – aún conmocionado por la lectura de una noticia según la cual un juez condenó a realizar durante ¡¡solo cuatro meses!! tareas socioeducativas a dos menores que han reconocido insultos y vejaciones una joven de 14 años que se quitó la vida, a consecuencia del acoso escolar a la que ambas menores la habían sometido -, cuando encontré de nuevo a mi entrañable amigo, aquel con el que había compartido muchos, no tan lejanos, cafés-inicio de mis jornadas laborales. Tras las mutuas e inevitables preguntas relacionadas con salud y familia, iniciamos rápidamente una charla que giró en torno a cuanto tiene relación con aquellos temas que, desde hace bastante tiempo, tienen uncida al yugo del descontento a una gran parte de la ciudadanía española; excuso decir que la mayor parte de ella se centró en la cuestión con la que inicié este texto, pues, en un momento de la conversación, mi interlocutor afirmó que él, durante largo tiempo, también había sido víctima de acoso en su empresa, aclarándome también que esta práctica era conocida con el nombre de acoso laboral o «mobbing», uno de los más execrables aspectos de las relaciones humanas. De nuevo, aquella afirmación me animó a preguntarle sobre esta peripecia suya, a la que él me respondió:

«No me gusta nada recordar aquella época en la que un h. d. l. g. p., por voluntad propia y sin razón alguna que avalara su conducta, se convirtió en acosador, hecho éste que no hizo de la noche a la mañana: perfeccionó tan diabólico comportamiento al mismo compás con el que iba aumentando su poder en la empresa. Tal perfeccionamiento tuvo dos vertientes, por un lado incrementó su eficacia acosadora, y por otro, mejoró notablemente su método para disimularla; ¡un rufián de siete suelas, aquel h. d. l. g. p., seudodirector y jefe directo mío!
Tenía una diabólica cualidad que le permitía, para cada situación, utilizar el método más humillante contra sus acosados, despreocupándose por completo de la negativa incidencia que un comportamiento así pudiera tener sobre la buena marcha de la empresa, pues siempre antepuso su enfermizo ego a una buena gestión, práctica que, como era de esperar, culminó con una sonada quiebra, que, no obstante, gracias a su buena estrella – o lo que fuera – y para sorpresa de algunos, se libró de ser citado en los papeles con la dureza y severidad que se merecía. Su crueldad, solo equiparable a su egolatría, frecuentemente le llevaba a exclamar «que se joda» cuando sabía que alguno de sus acosados se encontraba en situación límite, algo que desgraciadamente ocurrió a menudo en aquel, más que estresante, ambiente creado por él. No tengo claro si la cobardía es una característica típica del acosador, pero éste lo era en grado sumo, pues nunca fue capaz de hacer trastada alguna – por decirlo de forma suave – sin contar con el apoyo, aunque fuera mínimo, de alguno de sus incondicionales y bien retribuidos abrazafarolas. Nunca fue capaz de explicar, a quienes acosaba, los motivos de su conducta, y cuando contadas veces alguien se enfrentó a él, no se cortaba un pelo para decir a espaldas de aquel: «es un frontal», y otras lindezas que los buenos modos me recomiendan omitir».

Mi querido y respetado interlocutor, continúo su relato diciendo:

«Te describiré ahora algunas de las modalidades de acoso practicadas por aquel h. d. l. g. p. :
• En la recta final de la empresa y a causa de su muy deficiente gestión o de decisiones deliberadamente incorrectas –directamente o indirectamente tomadas por él -, era frecuente que los clientes visitaran la empresa, o exigieran la presencia en sus instalaciones de un representante de ella, para exigir explicaciones sobre fallos detectados en los productos que se le habían suministrado. Y… ¿Quién era el representante? él no, desde luego, trataba siempre de designar al acosado más adecuado a cada caso. Cuando, con el mismo fin, los clientes acudían a la empresa, “instruía” previamente a sus acosados con la finalidad de marcarles las pautas de comportamiento con ellos y ¡oh casualidad!, siempre eran en sentido radicalmente contrario a las que él practicaba. Cualquiera puede imaginarse el ridículo – y, no pocas veces, humillación – en el que sus acosados se vieron frecuentemente inmersos. ¡Encantador aquel perverso rufián!
• De vez en cuando, el dueño de la empresa gustaba de exhibir su brutalidad verbal – por esta razón, se ganó a pulso el epíteto de «animal» -. Tan brillante cualidad fue sibilinamente utilizada por su perverso director, pues aprovechaba algunas reuniones de trabajo para abroncar, generalmente sin culpa, al su acosado de turno. Cuando esto ocurría, y simultáneamente notaba la proximidad del «animal», aumentaba la intensidad de sus voces a lo que seguía una lluvia de patadas contra sillas y mesas. Al oír semejantes algaradas y, tal como el rufián había calculado, el «animal», entraba a las reuniones y, sin enterarse previamente de nada, la emprendía irracionalmente a bocinazos contra quien ya había sido suficientemente abroncado; era lo más parecido a azuzar a un perro, pero el «animal» nunca se percató de ello.
• Cuando alguno de sus acosados era sobrepasado a causa de un excesivo volumen de trabajo, lejos de ayudarles dotándolos con más o mejor personal cualificado, solía hacer lo contrario para provocarles estrés y agobio, estados anímicos con cuya contemplación disfrutaba. Con perversidades como ésta, no es de extrañar que el personal de la empresa contemplara incrédula como, a un adelgazamiento anormal y prematuro de uno de sus compañeros, siguiera, pasado el tiempo, su fallecimiento en pleno trabajo. Aquel aciago día lamenté que, ni la medicina, ni la justicia humana, ni su familia, ni yo, ni nadie, pudiéramos demostrar la relación de su muerte con aquel sádico y cobarde acoso. Creo que nunca podre olvidar un hecho tan luctuoso como aquel».

Llegados aquí, percibí en mi interlocutor una incipiente alteración, por lo que decidí interrumpir de forma suave aquella descripción; no obstante, nuestra conversación finalizó haciéndome este comentario:

«Convéncete Victor, personajes como el que me acabo de referir, abundan, y según su edad, circunstancias que les toca vivir, grado de poder que ostenten y crueldad congénita, pueden presentar múltiples modalidades: acosadores escolares; acosadores laborales; torturadores y genocidas. Todos ellos exhiben, en mayor o menor grado, una repugnante parcela de misantropía».

Pensativo e impresionado por la narración de mi amigo, me despedí de él con un fuerte apretón de manos y deseándole la mayor felicidad, algo que un perverso rufián largo tiempo le arrebató.

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